La úvea o túnica vascular es la capa del ojo situada por debajo de la esclerótica y sobre la retina, incluyendo en su estructura el iris, el cuerpo ciliar y la coroides. Es la responsable del aporte de la mayor parte de flujo sanguíneo a la retina y su inflamación recibe el nombre de uveítis. El origen de la uveítis suele ser por enfermedades infecciosas (tuberculosis, toxoplasmosis, sífilis, herpes, etc.) o enfermedades autoinmunes (artritis reumatoide, lupus eritomatoso, enfermedad de Crohn, esclerosis múltiple, etc.) e infecciosas, así como otras patologías como traumatismos o uveítis asociadas a determinados fármacos o cáncer.
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Los síntomas más frecuentes de la uveítis son el dolor ocular, la visión borrosa, la percepción de cuerpos flotantes, el enrojecimiento del ojo, y las molestias con la luz o fotofobia.
Sin embargo, esta sintomatología puede variar en función de la zona de la úvea afectada, lo que define los tipos diferentes de la enfermedad.
La uveítis debe ser tratada lo antes posible ya que, de lo contrario, se pueden producir graves complicaciones: cataratas, glaucoma, edema macular quístico, desprendimiento de retina o hemorragias intraoculares, con la consecuente pérdida de visión.
Hay que tener siempre en cuenta, sin embargo, su posible asociación a otras patologías sistémicas u oculares, ya que éstas deberán ser tratadas convenientemente. Una vez tratada la causa, el tratamiento ocular en las uveítis anteriores puede limitarse al uso de colirios antiinflamatorios y dilatadores pupilares, además de utilizar gafas de sol para evitar las reacciones de sensibilidad a luz. En las intermedias y posteriores puede ser necesario inyecciones alrededor del ojo (transeptales) o intravítreas. Cuando hay más de tres brotes al año se suele precisar tratamientos sistémicos por vía oral o parentral (intramuscular, subcutánea, o infusiones intravenosas).
La cirugía es necesaria en ocasiones, ya como prueba diagnóstica para tomar muestras intraoculares o para el tratamiento de las complicaciones oculares que pueden afectar gravemente a la vista, como es el caso de cataratas, glaucoma, desprendimiento de retina, edema macular o hemorragias intraoculares.
La técnica quirúrgica será la específica para cada una de estas patologías y la realiza la unidad de vítreo-retina.
Cuando se conoce la causa y se trata la inflamación el pronóstico es bueno, pero el paciente necesita ser evaluado periódicamente para detectar y tratar la inflamación aunque sea mínima.
Como son enfermedades crónicas, los pacientes deben ser seguidos a largo plazo y tratar de forma especial las complicaciones como cataratas, edema macular o glaucoma que estos pacientes desarrollan con más frecuencia. Además, se debe hacer tratamiento de la enfermedad sistémica.